Título: "Sultán".
Tipo de escrito: Relato.
Fecha: 2012-2013.
No recuerdo la primera vez que te he visto, pero nunca te olvidaré. Nunca. Porque fuiste tú el que me enseñó que los animales también eran personas y las personas podían ser animales. Me has cuidado, protegido e incluso has jugado conmigo desde siempre.
Mis abuelos te obtuvieron aproximadamente en la fecha en la que yo misma nací. Desde pequeña ya sabía quién eras. No tengo ningún recuerdo en donde tú no hayas estado. Todos te considerábamos un perro muy especial: Mis queridos ancianos, mi madre, mis tíos, mis tías, primos, primas, mi hermano y yo. Incluso los vecinos y amigos de la familia te conocían.
Admito que los más cercanos siempre fueron mis abuelos, Beto e Isabel. Beto siempre estaba entrenándote, hablando contigo, mimándote y criándote para ser fuerte, sensato y no tener miedo a nada. Isabel siempre estaba haciéndote la comida, cuidándote y protegiéndote ante cualquier cosa que te hiciera daño.
Nunca podré olvidar ese pelaje tan brillante, dorado como el sol, limpio y lacio como ninguno. Esos ojos curiosos de tu rostro, el hocico que siempre dirigías a los demás para que lo acariciasen, la lengua que siempre sacabas afuera, divertido, y tus orejas inigualables. Pero lo que recuerdo, en especial, era tu vitalidad.
Siempre, cuando mi hermano y yo íbamos a la casa de mis abuelos, no podíamos esperar a quedarnos toda la tarde jugando en el patio y a las afueras contigo; y tú hacías lo mismo, recibiéndonos con saltos, lametones, abrazos y ladridos llenos de alegría e impaciencia.
Además de todo eso, eras un perro realmente sorprendente, con una velocidad como el viento, saltos totalmente ágiles y muy fuertes. Alguien realmente sano, y que se divertía la mayor parte del tiempo.
Y pensar que podías pararte sobre dos de tus piernas para solamente abrazarnos o imitar un abrazo. Y pensar que mi abuelo te enseñó a saludar con la pata, poniéndola delante de quien quieras que juegue contigo, como suplicándole que se acercara. Y pensar que todos te la tomábamos, como si fueras un empresario híper importante en el mundo.
Luego vinieron mis dos primitos, que comenzaron a jugar con nosotros, mi hermano y yo. La casa de mis abuelos era nuestro lugar de encuentro y siempre estábamos contigo los cuatro. Nos llamaban "los cuatro nietos" a todos juntos. Pretendíamos que nos perseguías y eras un alien o un perro zombi que nos quería comer. Otras veces jugábamos a que eras un perro de nuestro bando y que habían enemigos invisibles, por lo que tomábamos siempre palos o demás restos que habían por ahí para simular armas.
Te teníamos envidia porque podías pasar y cruzar por lugares en donde nosotros no podíamos entrar. Pero luego, poco a poco, aprendimos cómo hacerlo, y nuestros juegos aumentaron cada vez más y más.
Todas las tardes corriendo bajo la luz de un sol que, usualmente durante nuestras aventuras, nos brindaba magia y hacía que nuestros viajes estén rodeados por un montón de historias todavía más fantásticas, es el recuerdo que más adoro. Esos días cálidos de cielos rojos y rosados.
Poco a poco, esa vitalidad se fue esfumando. Poco a poco, tu pelaje se caía. Poco a poco, tus cabellos dejaron de ser dorados, sino que se ponían cada vez más y más blancos. Poco a poco, dejaste de saltar y abrazar. Poco a poco, dejaste de jugar como antes y te quedabas sentado mirándonos. Poco a poco, tus ladridos fueron desapareciendo.
Luego nos dimos cuenta de que tenías una enfermedad relacionada con tus necesidades, lo que hacía que estuvieras muy incómodo la mayor parte del tiempo. Además, tus miembros temblaban y se te hacía muy difícil pararte en dos patas, e incluso levantar tu patita como hacías siempre en el pasado.
Mi abuelo ya no pudo aceptar cuidarte más tal y como estabas, teniendo en cuenta el estado del patio y las afueras de su casa, por lo que quiso "tirarte" a uno de los lugares más alejados de la ciudad, a los campos en donde no había nada. ¿Sabes qué pensaba? Sin agua ni comida, planeaba que te murieses y todo se acabase. Pero sé que él no quería eso por dentro. Te cuidó, protegió, enseñó, alimentó y jugó contigo desde el principio. Sé que él se sentía muy triste por lo que sabía que iba a suceder. Pero claro, mi abuela y mi mamá no se quedaron de brazos cruzados al contemplar el plan de mi abuelo, por lo que decidieron traerte a mi casa para que te cuidemos hasta que te llegase tu hora.
Cuando me enteré de que no tenías mucho tiempo, no me sorprendí, pero sí me hacía poner muy triste. Veíamos cómo, con cada día que pasaba, caías más y más abajo, hasta que llegó el momento en el cual ni siquiera podías mover ninguna parte del cuerpo. Mi mamá te llevó al veterinario y el doctor dijo que había que ahorrarte tal sufrimiento.
Este texto es para agradecerte todo lo que hiciste por mí: por aparecer en mi vida y en la de muchos otros, por enseñarme tantas cosas, por todas aquellas tardes inolvidables con las que decoro mi infancia, y muchísimas cosas más.
¿Tu nombre? El que siempre fue destinado a ti y con el que siempre te hemos llamado: "El sultán". Por si no sabías, "sultán" significa, en algunos países, "rey". Y yo te llamaría "el sultán dorado" o "el sultán de oro".
Espero que estés divirtiéndote allá arriba, tanto como lo hacías acá abajo. Te amamos todos.
Tu familia.




No hay comentarios:
Publicar un comentario