Título: "Escapada".
Tipo de escrito: Relato.
Fecha: 2012.
La niña se encontraba sentada sobre una silla frente al televisor. Tenía el pelo recogido a un lado de su cabeza, tan oscuro como la noche que se estaba cerniendo en el cielo. Vestía su pijama preferido, que constaba de un pantalón corto de color negro y una camiseta de manga corta con rayas negras y blancas. En aquel momento, no recordaba qué era lo que hacía allí, sólo que se había ido a dormir. Luego, como en muchas ocasiones pasadas, se sorprendió de hallarse en el salón de su hogar en medio de las sombras. Pero sentía dentro de sí que ese día no era uno cualquiera: Guardaba un plan especial.
Los ojos de Katie no captaban lo que sucedía dentro de la pantalla de la televisión, al contrario, ella estaba ausente, como si su mente hubiese viajado a otro lugar. De improviso, como si la hubieran mojado con agua fría, se despertó. Su mano fue a parar a su cabeza pensativa. Posteriormente, se separó del asiento y caminó directamente hacia una de las ventanas. Deslizó las cortinas para observar el paisaje a través del cristal y se encontró con el panorama que esperaba. Decidida, abrió la puerta de la estancia para encontrarse con un pasillo oscuro. Los demás dormían a esa hora, pero ella no. Le gustaba madrugar.
Salió al exterior, sin temer al frío helado que la cubría. No se había puesto ni un abrigo, por lo que seguía con su vestimenta. Miraba fijamente a su alrededor, más allá de las calles llenas de polvo, de las casas tan cálidas como siempre, de los edificios de gran altura, de los arbustos entrelazados, de los árboles frondosos, de las montañas desiertas... se encontraba el lugar a donde ansiaba llegar. Con una sonrisa que denotaba toda su alegría, empezó su transformación. No lo controlaba muy bien, pero algo había aprendido para que la bestia saliera en el momento en que ella quería. Los vellos comenzaron a crecer, tapándole todo el cuerpo como una capa. Al poco tiempo, la vista fue dejando ver a una hermosa loba, con el pelaje de un profundo color azabache y con una mirada desafiante. Sus ojos, dos huecos sin fondo, miraron otra vez al mismo lugar en donde estaba decidida a llegar. Comenzó a correr agazapada tras su objetivo. No le importó dejar la puerta abierta, ni tampoco que no llevara nada de ropa que ponerse, porque ella no era humana.
El cielo estaba cubierto por la noche obscura de aquel día, y, entre millones de estrellas, la luna llena brillaba más intensa que nunca. Su luz la bañaba de tal forma que, a través de preciosos reflejos, hacía deslumbrar su cuerpo de licántropo. El viento la rodeaba, azotándole en la cara, como si le impidiera seguir adelante, pero fue inútil. La pequeña loba poseía una fuerza que caracterizaba a estas criaturas, porque, en efecto, la joven era una de ellas. Esquivaba las construcciones con las que se topaba con gran agilidad, corriendo por los caminos más escondidos y desapercibidos para los humanos.
Al llegar a la primera fila de árboles, se detuvo. Se sentó en un típico movimiento felino y alzó la mirada hacia su astro, en una muestra de incomprensible adoración. Aulló entusiasmada para expresarle lo que sentía. Por fin dejaría aquel lugar que no era el suyo e iría a buscar nuevos territorios, aventuras y, quizá, encontraría nuevos amigos con quien divertirse. Sabía que sería muy difícil hacer todo lo que deseaba, pero cuando se planteaba un desafío, era más complicado convencerla de lo contrario. Así, pues, echó un último vistazo a la ciudad, una contemplación astuta llena de decisión, y luego volteó para perderse entre la espesura del bosque.




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