miércoles, 7 de enero de 2026

Relato: Adiós

Escritos

DATOS

Título: "Adiós".

Tipo de escrito: Relato.

Fecha: Noviembre del 2015.

Relato ganador de un concurso de escritura de mi escuela secundaria.


ESCRITO


La dama

La sombra de la dama se escondía en la oscuridad del mundo. En medio de un silencio sepulcral, los pequeños zapatos de la mujer daban giros y giros, como queriendo borrar todos los recuerdos incrustados en la roca de las memorias. Cada movimiento provocaba un nuevo aire fresco, un vendaval que desordenaba cada detalle de la realidad. Lo hacía a su antojo, danzando con la fuerza de todos los muertos de la tierra, como si el fuego viviese en sus venas, como si sus duros huesos guardaran ese único propósito. Sonriendo misteriosamente, dio unos pasos más hasta quedar en el borde del abismo, manteniendo un perfecto equilibrio que hizo que se adentrase en aquel momento efímero. Todas las historias se reunieron en una furiosa tormenta de palabras que hizo que perdiera la razón durante unos bestiales instantes…


El músico

Los dedos del chico se movían solos sobre las cuerdas de la pobre guitarra que tantos lamentos sobrellevó, y su voz resonaba entre los entretejidos de su mundo colapsado. El resto de la destrucción a través de un canto lleno de dolor. “No me lastima” se dijo, pero las lágrimas caían por sí mismas, desparramándose sobre sus manos y su música. Sólo cerró su mente recordando unos ojos que lo perseguían, lo incitaban a seguir componiendo una canción para no olvidar ese día, aquel en el que el exquisito brillo de su sonrisa no se iba. Los suaves brazos lo rodeaban y sus labios recordaban. Todo lo presionaba a seguir hasta terminar esa melodía, para que se lleve sus cenizas hacia el lugar en donde él las quería, hacia un cielo sin palabras escondidas, sin manchas ni mentiras. Las brisas del viento volaron con la última nota, la que liberó su alma y se llevó su pequeño deseo, el que nació bajo la lluvia de ese primer y último beso con la chica vestida de negro.

De repente, la notó, levantando la mirada en un sorpresivo ademán. Un escalofrío recorrió su cuerpo y soltó el instrumento lentamente, observando cómo unos ojos lo absorbían desde su propia ventana.


La dama

La nostálgica bailarina cayó en un profundo agujero giratorio, haciendo que perdiese la cabeza. El camino la llevó hacia un recorrido lleno de pinturas extrañas, y al ver en uno de ellos esos ojos que resplandecían aún más que los más caros diamantes, se dio cuenta de que las obras de arte representaban cada momento de su vida. Cada sonrisa amarilla, cada fría lágrima azul, cada pizca de sudor transparente, cada mezcla de marrones y naranjas, cada pincelada multicolor. Avanzó un poco más hasta toparse con las pinturas en las que él se encontraba, las que parecían querer desprenderse para ir corriendo hacia ella y dedicarle mil caricias, antes de que todo se tornase de color rojo. Antes de que cada trozo de sus deseos acabase chocando contra el suelo, rompiéndose en mil pedazos bajo las ruedas de un borroso auto.

Los trazos eran violentos e inentendibles. Guardaban todo ese miedo que se acumuló en unos pocos segundos de tensión, ese terror de perder todo lo que había conseguido en su vida, de que se disuelvan todas sus personas queridas, de no poder realizar todo lo que quería, todo lo que soñaba al meterse dentro de la cama.

De perder la oportunidad de volver a besar a la oscuridad.


Flashback

Luego de un largo paseo por las aburridas calles de la ciudad, decidieron sentarse en el banquito que los aguantaría durante las horas siguientes, junto al ir y venir de las olas del mar. El tiempo pasó rápido, hablando sobre variedades de cosas, cada vez acercándose más y más.

Tan feliz cómo estaba, a ella le agarró miedo cuando él comenzó a callarse poco a poco. El cielo oscurecía y ella se preocupaba de que todo terminase mal, de que lo haya arruinado en algún momento sin que se haya dado cuenta. Así que, sin aguantar más, se acercó y le preguntó si se sentía bien. Él respondió que sí, con una voz suave, relajada, como si estuviera a punto de dormir de tanta tranquilidad que guardaba. Se alegró un poco más y se acercó para darle besos en sus mejillas, con su más dulce cariño, queriendo que se notase el aprecio que le tenía, queriendo que se sintiese verdaderamente feliz y resguardado.

Le dio besos en las mejillas y en la frente, y él comenzó a imitarla. Se reían, se miraban y se quedaban así, juntos, bajo un firmamento que poco a poco se cubría de estrellas. Sin pensar, sin preocuparse de nada, ella comenzó a acariciarle la nariz con la suya, dándose cuenta de que cada vez que lo hacía, él sonreía como un niño. Lo hizo varias veces y le dio mucha ternura. En una de esas ocasiones, la distancia entre ellos se redujo, quedando muy cerca. Sin apenas percatarse de nada, su frente había quedado pegada a la de él, escuchando su respiración en silencio, sintiendo el calor que transmitía, sintiéndose protegida, cómoda y querida. Intentó otra vez acariciar su nariz cuando, sin querer, notó que rozó sus labios. Se quedó quieta durante un momento, llena de nerviosismo, e intentó alejarse un poco pensando lo molesto que podría haberse sentido cuando de repente, de una manera suave y sorpresiva, él la besó. Todo su mundo se derritió.

Los besos fueron cortos, inexplicables, tiernos. Cada vez que juntaban sus labios, una estrella bajaba y hacía brillar cada choque. En un momento se separaron y ella, sin saber hacia dónde mirar, se escondió bajando los ojos. Él la contempló intensamente y le dijo:

—Mírame... —Su suave pedido hizo que levantara la cabeza en un instante, y se lo encontró observándola como si fuera una perla sacada del mar. Su corazón se rompió—. Tienes lindos ojos...

No tuvo ni tiempo para sorprenderse por el comentario, ya que él volvió a posar sus labios sobre los suyos tiernamente. Mientras el aire helado los encerraba en una cúpula del olvido, perdieron el sentido de todo lo que había a su alrededor. Él la rodeó con sus brazos y, sin importarles la hora ni el lugar en el que estaban, se envolvieron dentro de ese momento mágico, extraviándose una y otra vez por propia voluntad.

El sonido del celular los interrumpió, y ella dijo que su mamá la estaba esperando no lejos de allí para irse. Se levantaron y agarraron sus cosas en silencio, todavía atontados por el aroma del enamoramiento. Avanzaron unos cuantos pasos cuando de repente se dieron cuenta de la lluvia que caía, del sonido del llanto chocando contra el suelo.

Ella sintió el miedo de la advertencia devorando todo su interior; cada gota que tocaba su piel le decía lo mismo. Mirando al infinito, ella sabía que nunca más se encontrarían, que sus labios nunca más bajarían las estrellas de ningún cielo, que nunca más se perderían en ningún otro mundo con las manos entrelazadas, que nunca más se desahogarían junto al mar, que nunca más se sonreirían como lo habían hecho, que de ahí en más se olvidarían, que la historia duraría poco, que la cosa terminaría y el arcoíris se había roto. Se separaron sabiendo que esos momentos iban a ser los únicos en los que permanecerían juntos.


Presente

Él colocó su mano sobre el congelado vidrio, perdiéndose en los ojos de la joven de besos inolvidables, como si quisiera que todos los pensamientos que tenía desde el accidente pudieran volar hacia ella como un bello pájaro que recién hubiese encontrado su hogar, su nido.

La noche reposaba en los hombros de cada uno, cubriéndolos con sus penumbras mientras la luna buscaba recoger esas resplandecientes gotas de ternura que se sentían de lejos. Las delicadas ráfagas se llevaron consigo toda la aglomeración de hojas que tuvieron la suerte de vislumbrar el inexplicable suceso que pasó desapercibido para el resto del universo. Los etéreos y dulces fragmentos se entrelazaron bajo un halo sombrío, uniendo lo intangible, dedicándose una última y ansiada caricia, soltando todo lo contenido. Cuando el viento se detuvo y dejó caer los pequeños aviones verdes, la estrella ya se había despedido del fulgor blanquecino de su astro y ya había desaparecido entre los centelleos de la oscuridad.

El chico se volteó, respirando otra vez la vana realidad de su habitación. Luego de un momento de reflexión, tomó suavemente su cuaderno pintarrajeado y colocó con grandes letras lo que sería el título de su recién terminada canción: “Adiós”.

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