martes, 6 de enero de 2026

Poema: Un solo corazón

Escritos



Imagen extraída de Pinterest.


DATOS

Título: "Un solo corazón".

Tipo de escrito: Poema libre.

Fecha: 2021.


ESCRITO


He estado sola.

En la noche helada.

Con las ventanas congeladas.

El vaho de mi aliento.


Hundida en mi soledad.

Olvidada en mi soledad.

Atascada en mi soledad.

Llorando en mi soledad.

Muriendo en mi soledad.


Soy aquella luna

Que lucha toda su vida por brillar.

Mirando a las inalcanzables estrellas

Quienes solo saben de su existencia

Al mirar hacia abajo

Al reírse hacia abajo

Al señalarla hacia abajo

Al falsear hacia abajo

Al proferir las más creativas historias

hacia abajo.


Soy aquella luna,

blanca, pálida, impoluta,

transparente, expuesta,

vulnerable, quieta,

sumisa, callada.

El blanco perfecto

para el tiro con arco. 


Soy aquella luna

que muestra todas sus grietas.

Soy aquella luna

que vive sangrando.

Soy aquella luna

que mira siempre hacia arriba,

queriendo perseguir el sueño de las estrellas,

aguantando todos los meteoritos

que se rompen en su piel. 


Soy aquella luna

rota, fragmentada, destruida,

que desesperadamente busca reunirse de nuevo,

pero las piezas ya no encajan.

Soy un mar confuso,

un cosmos caótico.

Ese es mi yo y ese también,

pero sin mí yo no lo soy.

Soy una abismal nada.

Soy un no yo, un no nada.

Una nada inexpugnable.

Una nada descorazonada.

Una nada insumergible.

Una nada en soledad.


Soy aquella luna que se despide.

Se despide de su noche, de su miseria en heridas,

se despide de sus ojos, de su vida.

Ya no hay nada más que hacer.

Ya para ella no brillan más las estrellas del cielo.

No brillan más.

Sólo en el reflejo del lago,

de los recuerdos extraños,

ajenos y raros.


Soy aquella luna que llora sin llorar,

que camina sin caminar,

que se dirige a un no norte, no sur,

que se pierde y se hunde

en la inmensidad del universo.

Hundirse para siempre perderse

y nunca encontrarse,

en un mar oscuro e infinito

en una palidez espectral

en un cerrar de ojos eterno

en un suspirar.


Pero soy aquella luna

que siempre miró arriba y solo arriba,

que no se dio cuenta de la mirada del Sol,

de aquél que es el Sol

del Sol ardiente, 

del Sol caliente, 

del Sol amante.


Aquél es el Sol

que no mira a las estrellas

porque brilla por sí solo,

porque explota su fulgor en los amaneceres,

porque expande su intensidad

y sonríe sabiendo

que ni las estrellas podrían apagar su brillo.


Aquél es el Sol:

guardián de las estrellas,

cuidador de la galaxia,

protector del cosmos.


Aquél es el Sol

que da todo sin recibir nada,

que ayuda a todos sin juzgar,

que ofrece su espalda a quien sea,

que, con su amabilidad, protege

a todos quienes desean

su mano, su brazo y sus piernas

para seguir andando hacia adelante,

adelante en la vida y más allá. 


Aquél es el Sol

que da todo sin recibir nada,

que todos toman y nada devuelven,

que todos aprovechan y nada agradecen,

que traicionan su confianza y nada de culpabilidad sienten.


Aquél es el Sol

que da todo sin recibir nada,

que da todo incluso sin tener nada,

con sus ojos fijos en el bienestar del otro,

sin pensar en sí mismo,

perdiéndose en el mar de rostros,

quedándose sin manos, sin brazos, sin piernas

quedándose sin yo en su pena.


Aquél es el Sol

mirando a la Luna

y enamorándose de ella. 


Aquél es el Sol, 

que, con una sonrisa, la levantó,

la abrazó y la protegió

entre sus brazos seguros y fuertes,

y sólo una cosa le dio,

su mayor regalo en su pecho,

su corazón brillando con esplendor.


Aquella es la Luna

que por fin cuenta se dio

de que ya no era blanca e impoluta,

que por fin un calor consiguió,

el calor del corazón del Sol,

a quien se lo quiso devolver pero éste se negó.

“Para siempre tuyo será,

con que te proteja ya está,

mi propósito hasta aquí llega

y ojalá que brilles sin pena”.


Aquella es la Luna, 

quien recibió

una lluvia de insultos y enojo

ante la muestra del Sol. 


Con miedo, lo arrojó.

Le tiró su corazón,

le pidió perdón y se preparó

para los golpes de los meteoritos sin son ni son. 


Lloró y lloró.

¿Quién más seré, sino yo? 

La oscura y pálida Luna

que, maldecida hasta el final,

nunca podrá convertirse en estrella

y en soledad morirá.


Pero ningún golpe la tocó,

miró hacia arriba y se sorprendió.

El fuego la protegió

y una sonrisa la recibió.


Sí, tú eres la Luna,

pero maldecida no estás.

Simplemente quieres convertirte en estrella

sin saber que luna eres igual,

eres valiosa y mereces vivir.

Y si quieres, aún así, 

convertirte en estrella,

mi corazón tendrás

y por siempre refulgirás

con toda tu fuerza

en la eternidad.


Tú eres la Luna, la Luna, la Luna,

La que trae las noches, las noches, las noches, 

con la que nos encontramos con nosotros mismos,

con la que el tiempo se detiene un momento,

con la que pensamos y reflexionamos,

con la que nos damos cuenta que nos amamos,

con la que nos dejamos partir

sin un mapa y sin dirección

a donde nos lleva nuestro corazón

a conseguir nuestros sueños

y ser felices sin razón.


Y déjame decirte, querida Luna,

sé que quieres brillar y brillar,

convertirte en estrella en la eternidad,

que todas te vean gritar, 

desahogarte y saltar,

salir a la carrera y llegar 

a la meta final.


Y sé, querida Luna, que mi calor te gusta,

que mi calidez despeja tu frío,

que puedes despertar y ver

tu sueño cumplido.

Pero déjame decirte, querida Luna,

que incluso sin mi llama, 

tú siempre resplandecerás

a tu propia manera,

volviendo el mundo entero

una noche brillante,

embargando con tu luz

el rincón del amor.


Así fue como la Luna decidió,

por fin, no mirar a las estrellas.

Abrió sus ojos para mirar a su Sol

y le brindó sus manos, sus brazos y sus piernas

para que, siempre que se pierda,

caiga en ella.


Tú eres el Sol, el Sol, el Sol,

el que trae los días, los días, los días, 

con el que el universo se levanta,

con el que los niños ven esperanza,

con el que sonríen ante la añoranza,

con el que se reúnen los seres queridos,

con el que se desprende unión y calidez,

que une los corazones de la gente,

que los ayuda a correr y correr,

sin olvidar

el amor caluroso,

el amor generoso,

el amor espumoso,

el amor increíble,

que ilumina los rincones

de los amantes felices.


Y déjame decirte, querido Sol,

sé que quieres a todos alegrar,

crear infinitos espacios para que todos se sientan cómodos al estar,

ver a todos en su lugar

siendo felices sin parar. 


Y sé, querido Sol, 

que mi frío te calma y te mantiene tranquilo,

que en la noche te despejo los temores,

que enfrío tus manos calientes

quemadas de tanto dar sin guardar,

pero déjame decirte, querido Sol,

que no tienes que esforzarte tanto,

que no tienes que ocultar tu dolor,

que no tienes porqué sacrificar tu corazón,

sufriendo bajo una sonrisa forzada

solo y con la puerta cerrada. 


Siempre estarás aquí,

con una guía en ti.

Por más que te pierdas, 

las luces volverán a recordarte

lo lleno que estás,

lo valioso que estás,

lo valiente que estás,

lo hermoso que estás.


Y tú siempre resplandecerás

a tu propia manera,

volviendo el mundo entero

un día brillante,

embargando con tu luz

el rincón del amor. 


La Luna lo besó,

demostrando así su amor,

un amor que brilló más que todas las estrellas,

que rompió el cosmos y desplegó centellas,

que cegó todas las miradas rojas y las hizo desaparecer en vela,

que volvió a reunir

todas las piezas de ella.


Así fue como

el Sol y la Luna se hicieron uno,

se tomaron de la mano juntos

y crearon su propio universo,

un universo de un sólo corazón,

que, para ellos, siempre brilló.

Y en la eternidad buscan su futuro,

un futuro plagado de estrellas

que nunca van a resplandecer 

con la misma intensidad

que esta hermosa pareja.

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