Imagen extraída de Pinterest.
Título: "Un solo corazón".
Tipo de escrito: Poema libre.
Fecha: 2021.
He estado sola.
En la noche helada.
Con las ventanas congeladas.
El vaho de mi aliento.
Hundida en mi soledad.
Olvidada en mi soledad.
Atascada en mi soledad.
Llorando en mi soledad.
Muriendo en mi soledad.
Soy aquella luna
Que lucha toda su vida por brillar.
Mirando a las inalcanzables estrellas
Quienes solo saben de su existencia
Al mirar hacia abajo
Al reírse hacia abajo
Al señalarla hacia abajo
Al falsear hacia abajo
Al proferir las más creativas historias
hacia abajo.
Soy aquella luna,
blanca, pálida, impoluta,
transparente, expuesta,
vulnerable, quieta,
sumisa, callada.
El blanco perfecto
para el tiro con arco.
Soy aquella luna
que muestra todas sus grietas.
Soy aquella luna
que vive sangrando.
Soy aquella luna
que mira siempre hacia arriba,
queriendo perseguir el sueño de las estrellas,
aguantando todos los meteoritos
que se rompen en su piel.
Soy aquella luna
rota, fragmentada, destruida,
que desesperadamente busca reunirse de nuevo,
pero las piezas ya no encajan.
Soy un mar confuso,
un cosmos caótico.
Ese es mi yo y ese también,
pero sin mí yo no lo soy.
Soy una abismal nada.
Soy un no yo, un no nada.
Una nada inexpugnable.
Una nada descorazonada.
Una nada insumergible.
Una nada en soledad.
Soy aquella luna que se despide.
Se despide de su noche, de su miseria en heridas,
se despide de sus ojos, de su vida.
Ya no hay nada más que hacer.
Ya para ella no brillan más las estrellas del cielo.
No brillan más.
Sólo en el reflejo del lago,
de los recuerdos extraños,
ajenos y raros.
Soy aquella luna que llora sin llorar,
que camina sin caminar,
que se dirige a un no norte, no sur,
que se pierde y se hunde
en la inmensidad del universo.
Hundirse para siempre perderse
y nunca encontrarse,
en un mar oscuro e infinito
en una palidez espectral
en un cerrar de ojos eterno
en un suspirar.
Pero soy aquella luna
que siempre miró arriba y solo arriba,
que no se dio cuenta de la mirada del Sol,
de aquél que es el Sol
del Sol ardiente,
del Sol caliente,
del Sol amante.
Aquél es el Sol
que no mira a las estrellas
porque brilla por sí solo,
porque explota su fulgor en los amaneceres,
porque expande su intensidad
y sonríe sabiendo
que ni las estrellas podrían apagar su brillo.
Aquél es el Sol:
guardián de las estrellas,
cuidador de la galaxia,
protector del cosmos.
Aquél es el Sol
que da todo sin recibir nada,
que ayuda a todos sin juzgar,
que ofrece su espalda a quien sea,
que, con su amabilidad, protege
a todos quienes desean
su mano, su brazo y sus piernas
para seguir andando hacia adelante,
adelante en la vida y más allá.
Aquél es el Sol
que da todo sin recibir nada,
que todos toman y nada devuelven,
que todos aprovechan y nada agradecen,
que traicionan su confianza y nada de culpabilidad sienten.
Aquél es el Sol
que da todo sin recibir nada,
que da todo incluso sin tener nada,
con sus ojos fijos en el bienestar del otro,
sin pensar en sí mismo,
perdiéndose en el mar de rostros,
quedándose sin manos, sin brazos, sin piernas
quedándose sin yo en su pena.
Aquél es el Sol
mirando a la Luna
y enamorándose de ella.
Aquél es el Sol,
que, con una sonrisa, la levantó,
la abrazó y la protegió
entre sus brazos seguros y fuertes,
y sólo una cosa le dio,
su mayor regalo en su pecho,
su corazón brillando con esplendor.
Aquella es la Luna
que por fin cuenta se dio
de que ya no era blanca e impoluta,
que por fin un calor consiguió,
el calor del corazón del Sol,
a quien se lo quiso devolver pero éste se negó.
“Para siempre tuyo será,
con que te proteja ya está,
mi propósito hasta aquí llega
y ojalá que brilles sin pena”.
Aquella es la Luna,
quien recibió
una lluvia de insultos y enojo
ante la muestra del Sol.
Con miedo, lo arrojó.
Le tiró su corazón,
le pidió perdón y se preparó
para los golpes de los meteoritos sin son ni son.
Lloró y lloró.
¿Quién más seré, sino yo?
La oscura y pálida Luna
que, maldecida hasta el final,
nunca podrá convertirse en estrella
y en soledad morirá.
Pero ningún golpe la tocó,
miró hacia arriba y se sorprendió.
El fuego la protegió
y una sonrisa la recibió.
Sí, tú eres la Luna,
pero maldecida no estás.
Simplemente quieres convertirte en estrella
sin saber que luna eres igual,
eres valiosa y mereces vivir.
Y si quieres, aún así,
convertirte en estrella,
mi corazón tendrás
y por siempre refulgirás
con toda tu fuerza
en la eternidad.
Tú eres la Luna, la Luna, la Luna,
La que trae las noches, las noches, las noches,
con la que nos encontramos con nosotros mismos,
con la que el tiempo se detiene un momento,
con la que pensamos y reflexionamos,
con la que nos damos cuenta que nos amamos,
con la que nos dejamos partir
sin un mapa y sin dirección
a donde nos lleva nuestro corazón
a conseguir nuestros sueños
y ser felices sin razón.
Y déjame decirte, querida Luna,
sé que quieres brillar y brillar,
convertirte en estrella en la eternidad,
que todas te vean gritar,
desahogarte y saltar,
salir a la carrera y llegar
a la meta final.
Y sé, querida Luna, que mi calor te gusta,
que mi calidez despeja tu frío,
que puedes despertar y ver
tu sueño cumplido.
Pero déjame decirte, querida Luna,
que incluso sin mi llama,
tú siempre resplandecerás
a tu propia manera,
volviendo el mundo entero
una noche brillante,
embargando con tu luz
el rincón del amor.
Así fue como la Luna decidió,
por fin, no mirar a las estrellas.
Abrió sus ojos para mirar a su Sol
y le brindó sus manos, sus brazos y sus piernas
para que, siempre que se pierda,
caiga en ella.
Tú eres el Sol, el Sol, el Sol,
el que trae los días, los días, los días,
con el que el universo se levanta,
con el que los niños ven esperanza,
con el que sonríen ante la añoranza,
con el que se reúnen los seres queridos,
con el que se desprende unión y calidez,
que une los corazones de la gente,
que los ayuda a correr y correr,
sin olvidar
el amor caluroso,
el amor generoso,
el amor espumoso,
el amor increíble,
que ilumina los rincones
de los amantes felices.
Y déjame decirte, querido Sol,
sé que quieres a todos alegrar,
crear infinitos espacios para que todos se sientan cómodos al estar,
ver a todos en su lugar
siendo felices sin parar.
Y sé, querido Sol,
que mi frío te calma y te mantiene tranquilo,
que en la noche te despejo los temores,
que enfrío tus manos calientes
quemadas de tanto dar sin guardar,
pero déjame decirte, querido Sol,
que no tienes que esforzarte tanto,
que no tienes que ocultar tu dolor,
que no tienes porqué sacrificar tu corazón,
sufriendo bajo una sonrisa forzada
solo y con la puerta cerrada.
Siempre estarás aquí,
con una guía en ti.
Por más que te pierdas,
las luces volverán a recordarte
lo lleno que estás,
lo valioso que estás,
lo valiente que estás,
lo hermoso que estás.
Y tú siempre resplandecerás
a tu propia manera,
volviendo el mundo entero
un día brillante,
embargando con tu luz
el rincón del amor.
La Luna lo besó,
demostrando así su amor,
un amor que brilló más que todas las estrellas,
que rompió el cosmos y desplegó centellas,
que cegó todas las miradas rojas y las hizo desaparecer en vela,
que volvió a reunir
todas las piezas de ella.
Así fue como
el Sol y la Luna se hicieron uno,
se tomaron de la mano juntos
y crearon su propio universo,
un universo de un sólo corazón,
que, para ellos, siempre brilló.
Y en la eternidad buscan su futuro,
un futuro plagado de estrellas
que nunca van a resplandecer
con la misma intensidad
que esta hermosa pareja.




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